Sé que escribir un post acerca de este tema va hacer que muchos se sientan tocados, sin embargo es más que un deber hacerlo, y es que a todos nos pasa, todos en algún momento hemos pasado por lo mismo.
Cada ciclo comienza como siempre con el desgano de volver a las clases, y entonces los primeros trabajos y los primeros exámenes se hacen un martirio, en fin los meses se van volando y cuando menos lo piensas ya estás en una encrucijada de no saber cómo aprobar el curso, terminado la semana de exámenes finales, viene la semana de exámenes sustitutorios, o rogatorios o suplicatorios, según a como uno quiera llamarlo; comienzan los lamentos, el por qué no hice el trabajo, por qué no estudie para el examen, por qué no asistí a clases, en fin lamentamos todo lo que no hicimos en el maldito curso y más si estas llevando el curso por segunda, tercera, cuarta o más veces, se apodera de nosotros el miedo de quedar observado, y con eso tus viejos te boten de la casa.
Entonces los números comienzan a dar vueltas en nuestra cabeza, la calculadora se hace nuestro mejor amigo, recién nos interesamos por la forma de calificación del curso, y tratamos de saber cuánto es lo que nos falta para llegar al tan ansiado diez punto cinco para aprobar.
Habiendo desaprobado el examen final, no nos queda más que el sustitutorio, entonces esa semana nos volvemos las personas más estudiosas del mundo, sentados en la biblioteca cuando antes nos reíamos de los que lo hacían, un cerro de libros al lado, como si fuéramos a aprender todo lo que no pudimos en el ciclo en menos de una semana, pero bueno como se dice en el argot universitario: “la esperanza es lo último que se pierde” o “vale la pena soñar”.
A mi me falta 5 para aprobar, a mi me falta 8 para aprobar, a mi me falta 15 para aprobar, yo ni con 20 apruebo, todas esas frases se escuchan día a día, y todos absolutamente todos nos conducen a diez punto cinco=once.
La próxima estudiemos más para no tener que estar en la semana de sustitutorios correteando al profe, o sino planchemos mejor.
